15. Cobardía
Esta noche las emociones me están superando de nuevo, y temo volver a perder el control sobre mí mismo. Me encuentro solo en este piso, y no sé qué ocurriría si vuelvo a desvanecerme. Ella está siempre conmigo, aunque eso no me serviría de mucho, pues es únicamente su esencia lo que me acompaña, su idea. Os estaréis preguntando qué es lo que ha ocurrido para despertar en mí este desorden de emoción, de sensaciones. Creo que me ha mirado. Quizá me esté volviendo loco, quizá la obsesión se esté apoderando de mi mente, de mis pensamientos, y no haya sido más que un gesto involuntario, quizá sólo miraba su propio reflejo en el cristal, o ha visto un pájaro volar, o cualquier otra cosa. Pero yo he sentido que me miraba, y por un momento sus hermosos ojos de miel se han derretido en mi mirada, y no he podido más que huir. ¡Qué ridículo! No puedo soportar más este problema, siempre temiendo, siempre huyendo, siempre sintiéndome en peligro, acosado por mí mismo, por mi propia debilidad y mis propios miedos. No hay nada más angustioso que temerse a uno mismo, pues uno puede esconderse de cualquier cosa, prácticamente, excepto de sí mismo, y me persigo y me huyo constantemente. Al darme cuenta de que me alcanzaba su mirada, he saltado hacia atrás y luego me he agazapado bajo el mueble que hay al lado de mi ventana. Y he tardado alrededor de tres horas en volver a asomarme. Cuando lo he hecho, ella ya no estaba allí. Y cuando digo que no estaba allí, no me refiero a que hubiera dejado de mirar por la ventana, sino que ya no estaba en su piso. He esperado toda la tarde por ver si estaba en alguna de las habitaciones, he esperado a que saliera de alguna de ellas durante largo rato, y al final no he podido más que llegar a la conclusión de que finalmente había tomado la decisión de terminar con su enclaustramiento voluntario. Y toda la emoción que en un principio fue puro amor al ver su mirada en la mía se ha tornado en desespero al desconocer qué es lo que había hecho que la perdiera de nuevo, y saber, por encima de todo, que soy un cobarde incapaz de dar un paso por encima de mí mismo y salir a la calle a encontrarla.
14. Luz
No hago más que mirar el papel en el que apunté su número, y maldigo mi naturaleza y sus venturas. No sé realmente si soy más o menos cobarde que el resto de la gente, pero desde la última crisis no consigo levantar cabeza y reunir fuerzas para querer volver a enfrentarme a la luz del día, al anhelado olor a polución y ruido que se respira fuera de esta rancia madriguera en la que me escondo intentando protegerme de mi propio interior, es curioso. Ahí está de nuevo, ¡es tan suave! Tiene la costumbre de andar por el piso descalza, con unas braguitas deportivas y una camiseta de tirantes, normalmente blanca, aunque en ocasiones también he visto alguna de otro color. Últimamente parece que algo ha cambiado en su semblante, aunque no acierto a adivinar exactamente qué es lo que puede haber ocurrido. Quizá el paso del tiempo esté haciendo mejorar su estado de ánimo, o quizá sea la inminente llegada de la primavera lo que cause en ella ese súbito destello especial. Me inquieta. Sé que mientras ella esté triste la tendré cada noche entre mis brazos, y podré saborear su rutina y colorear en mi mente cada centímetro de su piel. De su piel, que tantas veces he soñado sin quererlo, que tantas veces he besado lentamente, disfrutando ese dulzor salado que me tiene preso, que me ha hecho adicto a sus caricias, a su deseo, a mi pasión. Sé que mientras no mejore, a pesar de todo el egoísmo concentrado en esta idea, seguirá siendo mía. Hoy temo perderla, pues la repentina luz en su mirada deja entrever su necesidad de salir, de volver a relacionarse, de seguir viviendo. Me alegro por ella, muero por mí.
13. Jerarquías irreales
Esta noche me siento realmente vulnerable. Y sin embargo no se presenta como una noche especialmente triste. De lo contrario, me siento bastante feliz. Estoy consiguiendo desprenderme muy lentamente de algunas de las rígidas capas que me cubren, y eso me contenta, a pesar de ser consciente de que mi sensibilidad empieza a quedar al descubierto. Puede que no tenga miedo porque sé que mientras me mantenga en el lugar en el que debo estar, nada va a ocurrirme, todo irá bien. He buscado en la guía telefónica el número de Sherezade. No me ha resultado nada fácil encontrarlo, pues no conozco su nombre real, pero el tiempo y la paciencia me han ayudado a encontrarlo a través de la dirección de su piso. Eso significa también que ahora conozco su verdadero nombre, Sofía ……….No estoy seguro de que quisiera en el fondo conocerlo, o prefería seguir teniendo a mi propia Sherezade, única e irrepetible, solamente mía. Sofía es de demasiada gente, Sherezade era únicamente mía. Sé que no voy a poder llamarla nunca. Os he dicho ya que temo. Temo a casi todas las cosas, incluso a las más cotidianas. ¿Cómo, entonces, iba a poder acopiar el valor suficiente para coger el teléfono y marcar su número, esperar a que ella descolgara para escuchar su voz y pronunciar algo después? De nuevo, tampoco estoy seguro de querer escuchar su voz. Es un difícil dilema el de escoger entre la imaginación o la realidad. Yo ya conozco a Sherezade, sé casi todo de ella, sé cómo se siente, intuyo los motivos incluso, sé cómo huele su pelo sobre la vieja mecedora, conozco el tacto de su piel, el sonido de su voz. ¿Qué importa que no sea más que lo que yo he creado a partir de la base de su imagen desde mi ventana? ¿Son menos válidos sus olores en mi mente por no ser reales? Nos engañamos al creer que las cosas reales son más duraderas, al pensar que sentimos más los olores que olfateamos que aquellos que creamos con la imaginación, cuando lo cierto es que no existe demasiada diferencia entre las voces reales y las imaginarias, entre el recuerdo de una voz de antaño con la ilusión de una voz presente. Incluso podemos decir que la ficción es más fácil de aprehender que la realidad, y puede llegar a estar más llena de matices que la oficial. Y no por ser la realidad algo oficial debería de tener mayor importancia, pues no tiene en ocasiones la mitad del valor de algunas ideas.
12. Mi
Desde que observo a mi vecina, (permitidme que le ponga un nombre, no me gustaría tener que nombrarla continuamente por la no-relación que nos une: la llamaré Sherezade, pues su piel morena me recuerda al calor del desierto, y sus lágrimas evocan las frías gotas del rocío que la legendaria reina debió de soportar noche tras noche, historia tras historia, con tal de no perder su vida. Sin embargo, mi Sherezade no parece haberse hecho fuerte frente al miedo, frente a la desdicha, sino más bien aparenta cierta docilidad, cierta resignación, cierto abatimiento frente a su miseria) desde que me regocijo en el placer de devorar cada partícula de su vida, he notado que la mía ha ido perdiendo sentido más allá de esta necesaria observación. Hay ocasiones en las que no se conciben las distancias. Y en realidad daría lo que fuera por poder salir de mí mismo y ser cualquier otra persona, alguien normal, alguien que no tuviera que temerse a sí mismo, con capacidad para controlar y regir sus propios actos, sus propios impulsos, a quien no miraran todos de reojo en cualquier lugar, a quien no rechazaran por el hecho de ser distinto, alguien que no necesitara ayuda constante de los demás, independiente y libre de elegir cómo, cuándo y dónde. De momento, desde que me encuentro en este estado, no puedo más que imaginar cómo debe ser la vida de otro, de quien sea, y disfrutar del placer de figurarme en ese salón, reclinada la cabeza sobre mi mano, el pelo castaño y lacio deslizándose entre mis dedos, sentada sobre una vieja mecedora heredada de algún familiar, o recuperada de algún rastrillo para amansar mis horas. Veo a Sherezade y cambiaría toda mi vida por poder sentirme un minuto como ella, por poder salir de este cuerpo que me atormenta, aunque pueda ser, de un tiempo a esta parte, una de las personas más tristes que he conocido. Visto.
He empezado a sincronizar de manera inconsciente mi vida con la de ella, de modo que apenas como, y he variado mis horas de sueño para adaptarlas a la inestabilidad de las de ella. Permanezco la mayor parte de mi tiempo en este lugar, frente a su ventana, por no perder un segundo de su respiración. Puedo olerla, y su olor me resulta fresco y familiar. No lo suele adornar de perfumes de ningún tipo, y su naturalidad me deja apreciar toda su esencia de mujer, vehemente y dulce. Decido quedármelo. Así podré recuperarlo cuando se me antoje, y la tendré conmigo. Se ha dormido. Esta es una de las pocas veces que Morfeo puede con ella. Aprovecharé también, pronto se despertará y no quiero dejarla sola. Necesita todo mi apoyo.
11. Imposibilidades, distancias
Conozco a una mujer, mi vecina, que está triste. Bien, de hecho no la conozco, la veo. Entonces, debo rectificar. Veo a una mujer, mi vecina, que está triste. ¿Cómo podría saber, en tal caso, si únicamente puedo verla, que está triste? Me lo han contado sus hábitos, sus costumbres. Ha cambiado, ya no suele hacer lo mismo que hacía hace unos días. Fue una llamada; una llamada la turbó y no ha vuelto a recuperarse. Apenas la veo comer. La veo levantarse tarde, parece empezar el día a desgana, sin remedio. No ha vuelto a trabajar, parece haber perdido también sus horarios. Se pasa las noches en vela, sola, mirando por la ventana, como si estuviera esperando a que algo o alguien ahí fuera viniera a salvarla de su pesar. No creo que nadie acuda. Durante el día vive aletargada. La veo pensativa, y adivino sus pensamientos lejanos, categóricos, inabarcables, como su mirada. Antes, a menudo la veía sonreír. Ojalá pudiera salir a la calle, acercarme a su puerta y interesarme por su situación, ofrecerle mi mano, mis oídos. No puedo, y debo conformarme con mirarla desde mi refugio, intentando descifrar el motivo de su angustia, inútilmente, sin poder contar conmigo mismo para auxiliarla.
Ya hace cinco días que la observo después del incidente que motivó su transformación, e incluso podría decir que parece más delgada. Alguien le trajo comida, probablemente un repartidor. Era la comida suficiente para pasar, quizá una quincena, pero mi vecina prácticamente ha dejado de comer. Ya nunca cocina, abre el frigorífico y coge lo primero a la vista que le sacie el apetito. Es como si se alimentara porque algo exterior a ella le estuviera forzando a hacerlo, como si ella no tuviera ninguna intención de seguir adelante, ningún plan de futuro, ninguna ilusión, y comiera por inercia. Tampoco ha vuelto a sentarse a la mesa para comer. Sigue asomada a la ventana, esperando. Soy capaz de llegar a sentir el silencio que cubre su piso, rellenando cada espacio, cada recodo, pesado e irrespirable. Me falta el aire sólo de pensarlo. No puedo ni siquiera pensar en acercarme a ella, tengo miedo de no ser capaz de controlarme de nuevo, de que me ocurra de nuevo. Estoy preso en mi propio hogar por mi propio miedo a temer, a sufrir de nuevo. Y empiezo a creer que esto no puede tener final, pues al temer al miedo sólo consigo volverme en mi contra, desarmado y abatido en el círculo vicioso del pánico. ¡Cómo me asfixia ese silencio! Parece que se ha vuelto a dormir. Deberíamos descansar.